MARAVILLOSAMENTE PAGANO
I
EL VIEJO DIOS SOL
Al subir al pequeño bus que me trasladaría al pueblo, busco con la vista algún asiento disponible. El único libre estaba en la última fila, entre la ventana y un viejo. Avanzo hacia éste y el anciano, haciendo un ademán de movimiento, me pregunta si quiero pasar. Le respondo que sí.
“Ese asiento recibe mucho sol y a mí me deja la cara como pancora” se justifica
“No hay problemas, quien la calienta es el viejo dios sol” respondo
Y mientras comienzo a sentir los efectos de aquel dador de vida, entrecerrando los ojos recuerdo cuánto le añoramos en la patagonia chilena, cuando luego de casi una semana bajo la lluvia y sin verle asomar durante todo ese tiempo recordábamos los cálidos días de verano, cual infancia perdida. Tal como nuestro equipo, nosotros mismos estábamos mojados y también calados de frío. Sin embargo lo que nos rodeaba era espectacular, no lo niego: un gigantesco bosque de coihues, lengas y mañíos; las altas montañas cubiertas de ñirres ocultando al pequeño valle del sol, encerrando y haciendo más húmedos los caminos y los bosques; de cuyas laderas caían innumerables y gigantescas serpientes de agua. Frente a nosotros algún lago al fondo del cuál se veía entre la nubes bajas el sempiterno glaciar que le había formado. Y nosotros en medio del bosque cuyas ramas crujían con el viento mientras recibíamos la lluvia, constante presencia en esta parte de la patagonia
Estaba húmedo, hacía frío y añorábamos al sol, aquel viejo dios siempre adorado por todas las antiguas culturas y por desaparecidas civilizaciones, cuyo culto, como muchas cosas, ya habíamos olvidado.
II
MARAVILLOSAMENTE PAGANO
Voy manejando entre El Chaltén y Calafate.
Un viento insoportable empuja mi vehículo sobre la pista contraria, poniendo en peligro a los motociclistas que viajando en sentido opuesto se inclinan temerariamente hacia mí, tratando ellos de mantener el equilibrio y no ser volteados.
El Viedma luce irreal. El color de su agua es intensamente turquesa y desde la altura parece tan sólido, que se creyera fuese gel. En cambio las crestas de las olas que el viento desparrama parecieran no pertenecerle, parecieran haber sido puestas contra natura.
Aquí el sol no alcanza a calentar. El viento se lleva su ardor.
El desierto no es seco por el sol sino por el viento. Aquí el viejo dios sol lucha contra el viento y en algunas ocasiones se reparten los días. Ambos son creadores, ambos generan una vida fuerte y resistente. En la patagonia argentina el viento corre sin control y sin remilgos demuestra su poder, mientras el sol quedamente espera su turno.
El viento desatado de patagonia casi no deja pensar pues es tan intenso que nuestra única preocupación es sobrevivir a él. El sol en cambio es un dios tímido frente al colérico viento; el sol es amable, es constante, el viento irregular. Del poder del primero nos protejen las nubes o las montañas y de ambos los muros de La Leona, donde debo detenerme para descansar junto a una decenas de conductores que buscan una momento de sosiego.

Me han comentado que antaño aquí se adoró al viento como a un muy poderoso dios. Imagino que más importante y poderoso que el mismísimo sol. También me han dicho que alguien guardó las palabras del viento (el viento transporta mensajes) y también una joya.
Me han dicho que el viento también es luz y que el culto a esta divinidad es mantenido por una familia de nómades, cuyos adultos son ya mayores y su única hija adolescente.
Esta familia se desplaza siguiéndole y en algunas ocasiones anticipándosele. Ellos salen a encontrale y le aguardan en un lugar especial; en la Meseta del Viento. En este lugar existe una roca alargada y poderosa. Es un menhir; uno solo. A este menhir ellos atan el viento durante su solitaria fiesta principal. Entonces la patagonia queda en calma y el sol quema los rostros, calienta la tierra y facilita la vida.
No muchos han presenciado esa antigua fiesta pagana.
Sé que este año la familia le ha pedido al viento que su hija nunca olvide el ritual.
Este texto tuyo me encanta, porque transmite una visión del viento muy poderosa y muy romántica. Y, cómo no, la sensación de inmensidad…¿por cierto, de dònde sacaste esa curiosa foto?
Hola Isa, muchas gracias nuevamente. En realidad y como bien sabes, la patagonia es una zona extraordinaria desde muchos puntos de vista. Es notable para quienes tiene una pequena sensibilidad, asi como tambien para aquellos que abandonan las ciudades que ya no les satisfacen. Esa inmensidad de la cual hablas es real, fisica y tambien real, espiritual.
La imagen de la que hablas pertenece a un pintor aleman del siglo XX llamado Fidus (Hugo Reinhold Karl Johann Höppener). La imagen es un boceto para una pintura llamada “Lichtgebet” (“Invocacion a la Luz”).