Exploradores de la Patagonia

Un blog de Felipe Nuñez

Archive for the month “noviembre, 2010”

MARAVILLOSAMENTE PAGANO

I

EL VIEJO DIOS SOL

Al subir al pequeño bus que me trasladaría al pueblo, busco con la vista algún asiento disponible. El único libre estaba en la última fila, entre la ventana y un viejo. Avanzo hacia éste y el anciano, haciendo un ademán de movimiento, me pregunta si quiero pasar. Le respondo que sí.

“Ese asiento recibe mucho sol y a mí me deja la cara como pancora”  se justifica

“No hay problemas, quien la calienta es el viejo dios sol” respondo

Y mientras comienzo a sentir los efectos de aquel dador de vida, entrecerrando los ojos recuerdo cuánto le añoramos en la patagonia chilena, cuando luego de casi una semana bajo la lluvia y sin verle asomar durante todo ese tiempo recordábamos los cálidos días de verano, cual  infancia perdida. Tal como nuestro equipo, nosotros mismos estábamos mojados y también calados de frío. Sin embargo lo que nos rodeaba era espectacular, no lo niego: un gigantesco bosque de coihues, lengas y mañíos; las altas montañas cubiertas de ñirres ocultando al pequeño valle del sol, encerrando y haciendo más húmedos los caminos y los bosques; de cuyas laderas caían innumerables y gigantescas serpientes de agua. Frente a nosotros algún lago al fondo del cuál se veía entre la nubes bajas el sempiterno glaciar que le había formado. Y nosotros en medio del bosque cuyas ramas crujían con el viento mientras recibíamos la lluvia, constante presencia en esta parte de la patagonia

Estaba húmedo, hacía frío y añorábamos al sol, aquel viejo dios siempre adorado por todas las antiguas culturas y por desaparecidas civilizaciones, cuyo culto, como muchas cosas, ya habíamos olvidado.

II

MARAVILLOSAMENTE PAGANO

Voy manejando entre El Chaltén y Calafate.

Un viento insoportable empuja mi vehículo sobre la pista contraria, poniendo en peligro a los motociclistas que viajando en sentido opuesto se inclinan temerariamente hacia mí, tratando ellos de mantener el equilibrio y no ser volteados.

El Viedma luce irreal. El color de su agua es intensamente turquesa y desde la altura parece tan sólido, que se creyera fuese gel. En cambio las crestas de las olas que el viento desparrama parecieran no pertenecerle, parecieran haber sido puestas contra natura.

Aquí el sol no alcanza a calentar. El viento se lleva su ardor.

El desierto no es seco por el sol sino por el viento. Aquí el viejo dios sol lucha contra el viento y en algunas ocasiones se reparten los días. Ambos son creadores, ambos generan una vida fuerte y resistente. En la patagonia argentina el viento corre sin control y sin remilgos demuestra su poder, mientras el sol quedamente espera su turno.

El viento desatado de patagonia casi no deja pensar pues es tan intenso que nuestra única preocupación es sobrevivir a él. El sol en cambio es un dios tímido frente al colérico viento; el sol es amable, es constante, el viento irregular. Del poder del primero nos protejen las nubes o las montañas y de ambos los muros de La Leona, donde debo detenerme para descansar junto a una decenas de conductores que buscan una momento de sosiego.

Me han comentado que antaño aquí se adoró al viento como a un muy poderoso dios. Imagino que más importante y poderoso que el mismísimo sol.  También me han dicho que alguien guardó las palabras del viento (el viento transporta mensajes) y también una joya.

Me han dicho que el viento también es luz y que el culto a esta divinidad es mantenido por una familia de nómades, cuyos adultos son ya mayores y su única hija  adolescente.

Esta familia se desplaza siguiéndole y en algunas ocasiones anticipándosele. Ellos salen a encontrale y le aguardan en un lugar especial; en la Meseta del Viento.  En este lugar existe una roca  alargada y poderosa. Es un menhir; uno solo. A este menhir ellos atan el viento durante su solitaria fiesta principal. Entonces la patagonia queda en calma y el sol quema los rostros, calienta la tierra y facilita la vida.

No muchos han presenciado esa antigua fiesta pagana.

Sé que este año la familia le ha pedido al viento que su hija nunca olvide el ritual.

VISITAS

El aceite que se extendía sobre el caldero abrazaba las cebollas, los tomates, los pimientos y unas alcaparras. Una media taza de vino, sal y pimienta se agregan a la mezcla que ya se doraba en ese atardecer. Una vez alcanzado su punto y levemente quemaditos, las retiro del fuego y les junto con la carne que ya se encuentra sobre el plato de metal.

Mi fuego, mi comida y un tacho con buen vino; mi paraíso ese día.

De pronto huelo el olor a caballos sudados y escucho un lejano jadear de perros; busco entre las semioscuridad el origen de ellos. No tardan aparecer tres jinetes con un pilchero y cinco perros ovejeros. Dejando mi cena me pongo de pié y aventuro un par de pasos.

Buenas tardes” grita uno

“Qué tal!” respondo

“¿Podemos acompañarle?” pregunta el mismo

“Claro, pero cociné para uno aunque aún tengo un poco para compartir” les digo

“No faltaba más” tercia un recién desmontado, cubriendo sus ojos con anteojos oscuros, “nosotros traemos algo también”

“Permiso” me dice el más joven y acercándose al fuego agrega un par de palos más que yo había recogido anteriormente

Mientras el de los anteojos desmonta, el primero se acerca al pilchero y desata un gran bolso rojo que cuelga a un costado. Los perros se acercan rápidamente agitando sus colas y jadeando acompasadamente.

Se acerca al fuego y con sorpresa descubro que el bolso rojo no es tal, sino una oveja carneada y ya medio consumida. Corta un gran trozo con un certero tajo y dividiéndolo en partes iguales los posa frente a cada perro. Otro corte más y saca unas cuantas porciones que arroja dentro del caldero, donde el que seguía callado había agregado más aceite. El ovejero y sus perros comen siempre al mismo tiempo.

Con rápidos cortes trozamos unos tomates (un lujo para ellos) y agregamos más cebollas. Mientras dos preparamos la cena, los otros desensillan sus caballos, descargan el pilchero y se preocupan  de los perros. Uno de ellos tiene una molestia en una pata. Su dueño se la examina y se la aprieta suavemente buscando algún hueso dañado.Va sobre su alforja y extrae un tarrito de café. Lo destapa e introduciendo los dedos en él, extrae una crema blanquecina con la que unta la pata herida; es un problema en un tendón.  El perro la huele y mira a su amo. El jinete regresa a nosotros.

A la oferta de vino relucen abollados tachos de metal y la conversación ya está armada. Luego de un rato en que nos interrogamos sobre temas generales y simples, ya que lo importante es la preparación de la comida, nos enfrentamos con nuestros platos. Saltan las bromas, se repiten las porciones, se prepara el café.

Ponemos sobre la improvisada mesa un juego de cartas y al ver que sacan tabaco y se lían cigarrillos les ofrezco mis Gitanes. Se doblan de la risa y se burlan de mí. Yo sonrío por su comportamiento. Asoma el truco sobre la mesa. El de los anteojos sigue con ellos puesto a pesar de que ya está oscuro. Al preguntarle del porqué los usaba los otros dicen que ellos tampoco saben la razón, que quieren saberla ya que siempre lo han conocido con ellos puestos y que nunca han visto sus ojos; nuevas carcajadas.

 ”Talvez no tiene ojos” exclama el joven y se nos escapan lágrimas de tanto reir.

Así pasamos un par de horas entre risas, recuerdos, mentiras y engaños.

Ya entrada la noche y antes de irnos a dormir, amontonamos platos y tachos y se estiran unas deshilachadas frazadas y descoloridos ponchos. Se revisan  a los caballos  y el de los anteojos oscuros observa la herida de su perro y le acaricia la cabeza.

Otro día más en la patagonia.

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